Big Data: ¿la nueva llave para el desarrollo?
Un fantasma recorre el mundo: el
fantasma del Big Data.
Esta adaptación personal de la
famosa y potente frase del filósofo e intelectual alemán, Carlos Marx, sirve
para expresar la magnitud e importancia global de uno de los fenómenos
tecnológico-económico más trascendentales de los últimos años: el Big Data, término que define a la enorme,
creciente, y no menos atemorizante cantidad de datos que el mundo
hiperconectado de hoy está generando y de la cual algunos están extrayendo
exquisita inteligencia analítica para una toma de decisiones más acertadas… y en tiempo real.
Mientras usted lee este artículo,
una cantidad brutal de terabytes se almacenan, recorren y traspasan todas las
capas del espectro productivo global, desde transacciones bancarias, envío de
fotos y videos a través de smartphones, reservas online de vuelos o comentarios
en Facebook, hasta sofisticados sistemas biométricos de seguridad en recintos
deportivos, sensores de humedad en una planta agroindustrial, horas y horas de
video de una compañía de TV o los intrincados y hasta metafísicos datos
obtenidos por el Gran Colisionador de Hadrones del CERN. Lo relevante de esta
monumental danza planetaria de información digital es que desde hace algún
tiempo líderes y cerebros tecnológicos y económicos del mundo están
considerando al Big Data, y más
precisamente, a la obtención de beneficiosa información, como uno de los nuevos factores de desarrollo internacional. Dicho
con otras palabras, quienes hagan un efectivo,
racional e inteligente
aprovechamiento del Big Data, podrán elevar sus estándares de productividad
y competitividad, mejorando la
calidad de vida de los ciudadanos.
Tanto es así, que especialistas
del World Economic Forum (WEF) redactaron un informe este año en Davos, Suiza,
denominado, ‘Big Data, Big Impact: New
Possibilities for International Development’, que señala al Big Data
como uno de los desafíos y problemas más inflexivos del futuro cercano.
Incluso, para los economistas del WEF el fenómeno ‘big data’ es ya un tópico
más de mercado, considerándolo como un nuevo bien
económico, tal como la moneda o el oro.
Similares conclusiones aportó el
estudio ‘Big data: The next frontier for
innovation, competition, and productivity’, elaborado por el McKinsey
Global Institute hace casi un año, que vislumbra, entre otros aspectos, una
gran revolución en el recurso humano que deberá procesar el Big Data, señalando
como ejemplo que los EE.UU. necesitan entre 140.000 a 190.000 más empleados con
"profunda experiencia analítica",
y 1,5 millones más de gerentes alfabetizados en la 'analítica'.
Todo parece indicar, entonces, que los grandes centros de Investigación y
Desarrollo de las compañías, gobiernos e instituciones del primer mundo, ya se
están ocupando del problema-desafío del Big Data. Por eso es que muchas de las
empresas líderes de la industria tecnológica están realizando suculentas
adquisiciones en esta línea, reforzando sus tecnologías de Business Intelligence y procesamiento
de datos.
Por su parte, los Estados y
organizaciones están informando y generando plataformas públicas para comenzar
a entender este paradigma y para empezar a obtener provecho de éste. Tal es el
caso de la iniciativa del gobierno de EE.UU., data.gov, y de las Naciones
Unidas, unglobalpulse.org, creada para ‘el aprovechamiento de la innovación
para proteger a los vulnerables’.
Pero ¿qué sucede en
Latinoamérica? Tal como ocurre en el resto del mundo, la región también está
experimentando un enorme crecimiento del Big Data, no así con su
aprovechamiento para generar desarrollo. La masificación de internet y la banda
ancha en casi todos países del continente, la rápida y mundialmente conocida
afición de la región por las redes sociales, especialmente Facebook y el
grosero y, en ocasiones, incomprensible deseo por estar constantemente
‘conectados’ con costosos smartphones, están creando un flujo y generación
importante de Big Data.
La consultora global Frost &
Sullivan's, pronostica para este año en la región un aumento exponencial de Big
Data que demandará avanzadas soluciones tecnológicas (hardware y software) para
aprovechar plenamente la información generada por la enorme cantidad de datos.
Sin embargo, aún son pocas las compañías de
la región que están gestionando el Big Data. ¿El motivo? Falta de visión, inversión,
recursos humanos o una mezcla de todos
estos, o simplemente porque la mayoría de las pymes aún se encuentran en
estadios tecnológicos menos sofisticados, por lo que manejan soluciones más
básicas o definitivamente no las necesitan (por ahora).
En el caso de las grandes
empresas, las Multilatinas, sí parece existir una tendencia y creciente
preocupación por la gestión del Big Data, donde algunas ya han adquirido las
tecnologías necesarias, mientras que otras se encuentran en etapas de
implementación y/o análisis. Compañías mineras, de petróleo/gas, retail,
aerolíneas y de telecomunicaciones, se asoman como las más interesadas en el
Big Data.
¿Y los gobiernos? Se encuentran
más preocupados en aumentar la cobertura y conectividad de banda ancha,
telefonía móvil e internet móvil, además de planes de portabilidad numérica en
varios países, arribo de operadores móviles virtuales y apertura de
licitaciones de 4G y TV digital. Políticas o proyectos concretos para el
aprovechamiento del Big Data latino, nada aún. A pesar de que tal como señala
el informe del WEF, el papel que puede jugar una correcta gestión del Big Data
para generar condiciones que faciliten y aceleren el desarrollo en
Latinoamérica, reviste una importancia tremenda. Debemos aprovechar estas
tecnologías para que el conocimiento generado por nuestras universidades y
centros de investigación se cruce, complemente y sinergie con las necesidades
de la industria. La academia, nuestros científicos y sus investigaciones no
pueden continuar desperdiciándose y conformarse sólo con aparecer indexados en
la revista Science o Nature, sin llegar nunca al sector productivo, generando
riqueza y soluciones que impacten en la vida de las personas.
Con una gestión seria y
planificada del Big Data en cada uno de nuestros países, podrían generarse
plataformas informáticas en tiempo real que, por ejemplo, crucen los datos de
fallas sufridas en una planta automotriz de Brasil o México y conectarlo con
las investigaciones y proyectos relacionados que desarrollan ingenieros
mecánicos de universidades de todo el continente, los que a su vez, podrían
cruzarse con datos de proveedores de materias primas con las que se
desarrollaría la nueva pieza de esa fábrica automotriz.
La mutua ignorancia entre los
diferentes actores involucrados en la cadena científico-productiva de un país,
puede acarrear años de despilfarro de recursos financieros, académicos,
científicos y naturales. Latinoamérica necesita todo lo contrario, no más
‘décadas perdidas’. Los sistemas nacionales de investigación, desarrollo e
innovación (I+D+i) pueden y deben actualizar sus sistemas de gestión del
conocimiento, donde una efectiva utilización del Big Data puede significar el
salto definitivo al desarrollo de una región. Para ello es necesario un cambio
notable de paradigma en las políticas nacionales de innovación, que convierta
en realidad la promesa de la Economía del Conocimiento. Al respecto, otra de
las virtudes que aporta una correcta gestión del Big Data es comentada en un
artículo del New York Times, por el profesor Erik Brynjolfsson, economista del
Sloan School of Management del Massachusetts Institute of Technology (MIT),
quien dice que los datos valiosos de medición que aporta el Big Data son el
equivalente moderno a lo que fue el microscopio. Y mucho más importante,
continúa Brynjolfsson, para el mundo de los negocios, la economía y otros
sectores clave, es que los datos útiles que puede aportar el Big Data alejan
las decisiones de la intuición y la experiencia, y las acercan al análisis,
configurando toma de decisiones más científicas.
Esperemos que el Big Data regional
no sólo sirva para extraer más cobre o petróleo, sembrar más soja, enviar más
publicidad dirigida en tu Facebook o entregarte más películas por streaming.
Nuestros científicos no estudiaron años para ver cómo sus países basan su
economía en actividades casi primitivas y nosotros, los ciudadanos ‘educados’,
ya no confiamos en la promesa del desarrollo emergente del continente.
Autor: Pablo Albarracín